Colegiada N. 8307 - Miembro del Colegio de Psicólogos de Cataluña desde 1995

Cada año lo despedimos con una celebración y lo empezamos con propósitos de mejora. El gimnasio y el inglés son los tópicos más repetidos y también es un tópico repetido que esas intenciones se suelen ir diluyendo a lo largo del mes de enero para acabar retornando a los cauces habituales de nuestras vidas. Pero todo eso son tópicos, nada más.

Que en fechas significativas hagamos planes de mejora es lógico. Nuestro psiquismo, en esas fechas, gira su mirada hacia el futuro y, como cabe esperar, elabora imágenes de futuro. En ellas siempre tienen cabida los nuevos proyectos que entendemos mejorarán en algún aspecto nuestra vida. La cuestión es cómo elaboramos esos proyectos.

El primer mecanismo es el de «selección». De entre todos los proyectos posibles debemos elegir cuales son los que nos convienen más. Por supuesto hemos de distinguir entre los realizables y los utópicos o los que no están en nuestra mano. Seguramente nos vendría bien que nos tocara la lotería, pero eso no está en nuestra mano. Quizá también sería interesante dejar de tener que trabajar, curarnos una grave enfermedad o acabar con el hambre en el mundo. Pero ninguna de esas cosas puede ser una buena selección porque no están en nuestras manos. Así que nuestra «selección» se centra en los proyectos que vemos realizables.

En segundo lugar debemos hacer una tarea de «adhesión». Se trata de fijar el objetivo como un francotirador fija su diana en el visor. Analizar lo que se necesita, calcular los costes  o esfuerzos requeridos, planificar los pasos…

Por último necesitamos «elevar» la carga emocional del proyecto, necesitamos desearlo con fuerza, convencernos de que es posible, repasar los beneficios que nos reportará. Esa carga emocional que nos aportará el nivel de determinación necesario para desarrollar el esfuerzo que nos va a requerir el proyecto elegido.

¿Hacemos todo esto? Normalmente no. Normalmente nos limitamos a proyectar imágenes compensatorias poco elaboradas y menos planificadas, basadas en carencias. Normalmente olvidamos que las cosas son como son por algún motivo y que esos motivos de las cosas no van a desaparecer por el simple hecho de que deseemos que desaparezcan.

Hacer planes de mejora es bueno. Es buenísimo. Es necesario y es sano. Pero se han de hacer bien, con calma, por pasos, analizando y «cargando» las imágenes con fuerza. No lo olviden:  «selección», «adhesión» y «elevación». Y cuando tengamos el proyecto listo, sin olvidar la planificación de los pasos intermedios necesarios, aplicarse con resolución.