Colegiada N. 8307 - Miembro del Colegio de Psicólogos de Cataluña desde 1995

Los sangrientos atentados terroristas de este mes de agosto han te nido un gran impacto sobre nuestra sociedad. Pero también lo han tenido sobre cada persona individualmente. Unas peronas lo habrán vivido con gran dramatismo y otras con más frialdad, dependiendo del carácter y sensibilidad de cada cual. Pero cuando se trata de un trauma social como éste podemos observar algunos mecanismos con bastante claridad. Uno de ellos es el de buscar culpables.

Necesitamos, nuestro psiquismo necesita, que cada acontecimiento que nos daña tenga un culpable. Necesitamos que cada «efecto» tenga una «causa», cada dolor un culpable de ese dolor. En el caso de los atentados terroristas de este agosto pasado hemos observado las caras de los culpables, sus datos personales. Eran chicos, eran jóvenes, eran de orígen marroquí, eran musulmanes, eran vecinos de Ripoll. Y tenían nombres y apellidos. Pero…

Si se han fijado, aún cuando los autores eran unas personas concretas, tendemos a generalizar en el miedo, en el recelo y la sospecha. Y aunque tengan nombres y apellidos, enseguida empezamos a recelar de conjuntos humanos, más que de personas. Y mucha gente empezó a hablar de los musulmanes. ¿Podemos decir que el peligro son todos los chicos jóvenes porque eran jóvenes? ¿Podemos decir que el peligro son los vecinos de Ripoll porque los terroristas eran de Ripoll? Sería ridículo. Así que, como eran musulmanes y actuaban  cegados por un fanatismo religioso… ¿decimos que el peligro son los musulmanes pese al hecho evidente de que los musulmanes, como los cristianos o los ateos, son también víctimas de los atentados??

Está claro que si se hace un análisis más reposado y libre de emociones y prejuicios concluiremos que el peligro está en el elemento «fanatismo» y no en el hecho de que fueran jóvenes, musulmanes o vecinos de Ripoll.  Dicho de otra manera: no es su condición de jóvenes, ni de musulmanes ni de vecinos de Ripoll lo que les ha convertido en asesinos. Ha sido el fanatismo.

No hablaremos hoy del fanatisno (aunque lo haré en un futuro próximo) para centrar el foco en el mecanismo de búsqueda de culpables que aplicamos cuando alguna situación nos daña. Piense en su vida personal. ¿Qué le daña? ¿Qué le quita el sueño, le da miedo o le produce angustia? ¿Quién o qué es culpable de ello? Piense un momento. Y ahora le pregunto: ¿Estás seguro/a de que su mecanismo de búsqueda de culpables está actuando bien? Porque si hace mal el diagnóstico, seguro que aplica mal la solución. Y atención, eso pasa mucho. Pero mucho!