Colegiada N. 8307 - Miembro del Colegio de Psicólogos de Cataluña desde 1995

En eso de conocer a alguien todos sabemos que hay grados. Hay personas a las que, si nos preguntan, diremos que conocemos, pero ni siquiera sabemos su nombre (solo sabemos el apellido) o su apellido (solo conocemos su nombre o su apodo). Hay personas a las que conocemos más, tenemos datos de su biografía, sabemos quiénes son sus familias o sabemos dónde viven o dónde trabajan. Incluso hay personas, las personas «famosas», de las que creemos saber mucho pero en realidad sabemos poco más que la imagen que los medios de comunicación nos transmiten de ellos.

Todo este esquema de grados desaparece cuando hablamos de nosotros mismos. Si se trata de nosotros mismos la frase más habitual es «Yo ya me conozco». Y lo cierto es que, aparentemente, nadie podría dudar de ello. Pero permitan que yo lo haga.

Para empezar una persona evoluciona a lo largo de las edades de su vida. Una niña tímida puede ser una joven atrevida y alocada y de ahí pasar a ser una madre prudente y muy responsable.

Por otro lado, las circunstancias nos cambian. Un hombre seguro de sí mismo puede evolucionar hasta convertirse en un hombre  con serios problemas de inseguridad tan solo con ser despedido de su empleo en un momento inoportuno de su vida.

También nos cambian las personas más cercanas: un marido agresivo apaga la «luminosidad» de su compañera en muy poco tiempo mientras que un compañero comprensivo y cariñoso puede potenciar y dar confianza a una mujer insegura. Y viceversa, por supuesto.

También cambian los roles, los comportamientos, en distintos ámbitos. Alguien puede ser un buen jefe y al mismo tiempo un mal padre; puede ser un gran amigo de sus amigos y una mala pareja; inseguro en la relación con el otro sexo y fantástico profesionalmente o entre amigos del mismo sexo…

Así que el «Yo ya me conozco» aparentemente indiscutible también admite grados, matices y está sujeto a los vaivenes de las circunstancias.

Y una reflexión más: si nuestra forma de ser puede evolucionar y cambiar, es posible que en determinadas circunstancias podamos potenciar o, al contrario, atenuar, un determinado rasgo. Quizá podamos recurrir a registros del pasado, a habilidades perdidas u olvidadas, quizá podamos moldearnos y adaptarnos a circunstancias nuevas, quizá podamos hacer eso que algunos llaman «reinventarnos». No me dirán que no es una cuestión interesante. Sobre todo cuando «siendo como somos» la vida cotidiana se nos ha complicado demasiado. Piénsenlo.