Colegiada N. 8307 - Miembro del Colegio de Psicólogos de Cataluña desde 1995

Cada día nos vemos sometidos a todo tipo de «miradas»: la mirada de nuestros seres queridos, la de vecinos, compañeros de trabajo, jefes, amistades, etc. Todas las personas con las que nos relacionamos «nos miran» desde su punto de vista, desde la ubicación que les da su relación con nosotros, desde su subjetividad. Y cada una de esas personas, seguramente, se hace una idea de cómo somos.

Cada día, nos preparamos para esas «miradas». Nos arreglamos, nos vestimos, saludamos, conversamos, vivimos, quizá no pendientes de todas esas miradas, pero sí que teniéndolas en cuenta. Es humano.

Algunas de esas «miradas» nos importan más que otras, tienen mayor peso. Son las que podríamos llamar «miradas especiales». Seguramente la «mirada» de nuestros padres tiene un peso mayor que la de personas con las que tenemos una relación menos intensa, más distante. Las personas que sean creyentes, por educación, también soportan una «mirada» menos humana: la «mirada» de Dios que siempre parece ahí con su mirada juzgadora de la que va a depender si la persona va al cielo o no. Los que son padres saben cuánto importa la mirada de los hijos pequeños. Y ya no hablemos de las personas que viven de su imagen pública (políticos, famosos y demás) para quienes las miradas ajenas son casi una cadena que les esclaviza.

De entre todas esas «miradas» quiero detenerme un poco en la mirada del psicólogo.

El psicólogo está «de nuestro lado». Nos observa, nos atiende, nos «mira» con la intención de comprender lo más perfectamente posible aquello que nos está produciendo un conflicto. No es la mirada del juez, ni la de una autoridad moral, no trata de analizar lo que nos merecemos de acuerdo a nuestro comportamiento sino de elegir aquellas herramientas que podemos utilizar para mejorar nuestra vida. Ante el psicólogo no tiene sentido el postureo, ni la mentira. Sería como mentir a nuestro médico o a nuestro abogado, por poner dos ejemplos. Ante el psicólogo no tenemos que «demostrar», nos vale con «mostrar». La autocensura, la mentira o el «adorno» solo dificulta la solución. Cualquier mentira, o incluso el maquillaje ligero de nuestra realidad, solo nos perjudica. La manipulación interesada resulta absurda y realmente inútil.

Aunque se suela decir, nuestro psicólogo ni se parece a un confesor: ni nos juzga, ni nos castiga, ni nos perdona. Tan solo nos ayuda a sentirnos mejor y a sufrir menos.